REFUGIADOS

 

Desde hace tiempo recibimos noticias sobre personas que intentan alejarse de una zona de guerra, personas, seres humanos que buscan llegar a lugares en los que puedan llevar una vida sin miedos. Sin miedo a que destruyan sus hogares, sin miedo a que entren con armas en tu casa y dañen a tu familia. Personas que únicamente intentar llegar a lugares en donde se pueda vivir en paz, una paz que en su país de origen no existe. En estos casos no emigran porque quieran, sino que están obligados a hacerlo si quieren sobrevivir. 

Cuando escucho y veo ese tipo de noticias, sólo veo personas, veo hombres, mujeres, niñas y niños que pueden que sean madres, padres, abuelos/as, tíos/as, hijos/as, hermanos y hermanas. Lo siento pero no puedo ver con otros ojos porque mi mente funciona así y no puedo ver cuotas de personas, ni problemas. Sólo me invade la empatía, el ponerme en el lugar de esas familias y sentir admiración por su valor y por su lucha.

Quizás la sensibilidad se va perdiendo, y palabras como humanidad y solidaridad se queden sólo en eso, en palabras. Quizás nos estemos inmunizando y vemos a las víctimas y las consideramos sólo números o cifras. Quizás los valores estén cambiando.

Estamos tan acostumbrados a tener lo que tenemos (valga la redundancia) que no queremos que nadie entre a desestabilizar nuestro estado de bienestar, a pesar de que ello pueda significar que seamos un poco menos humanos y solidarios, porque a fin de cuentas eso no se contabiliza ni se puede calibrar en estadísticas.

En fin, somos lo que pensamos, ¡no dicen eso por ahí! Por eso quizás tengo la conciencia tranquila y puedo mirar a mis hijos y enseñarles a ver con mis ojos, porque de lo contrario se encargarán los demás.

 

                                               ADRIANA GUERRERO JAUREGUI

                                       Licenciada en Derecho. Asesora Jurídica.